Javier en cuarentena #1

¿Mirarás la lluvia o me mirarás a mi?
Porque los días de sol también me mirás.
¿Por qué te quedan mucho mejor los shorts azul marino que los celestes?
¿Tendrás el freezer lleno de comida de tu tía Olga?
¿Tendrás una tía Olga? ¿Se juntarán todos para Navidad o solo la ves para su cumpleaños?
¿Serás del interior? 
¿Nos cruzaremos en el chino? ¿Nos reconoceremos afuera del balcón?
¿Por qué no aplaudís a las 9? Me lo pregunto todas las noches.
¿Tu viejo será médico? ¿Te habrá cagado la vida?
¿O será músico? Y por eso te quedás escuchando el show de saxo de Alejandro.
Quizás desde allá ni lo escuchás, pero toca bien.
¿El mate de las 7 es amargo?
¿Por qué no tenés plantas en el balcón? ¿Por lo mismo que yo?
Perdón, te estoy tuteando.
Odio como te joden los del laburo, todo el día hablando por teléfono.
¿Trabajarás en un call center o te anotaste en el sitio de la ciudad para hablar con los abuelos que no tienen nietos? ¿Habrás conocido a tus abuelos? Yo a los varones no, creo que me hubiera gustado tener un abuelo.
Sé que los dos salieron en el diario. Algún día te voy a mostrar las notas.
(Algún día te voy a…)

Javier (el regreso)

Cuando estaba con el me gustaba hasta el helado de menta granizada.

Pero el hechizo se rompe.
Internet se corta.
Y si los colectiveros pueden hacer paro
mi corazón también.

(Esa noche se pidió un kilo de súper dulce de leche y chocolate con almendras)

Transar.

Te robé un beso.
Como se roba un mate en una ronda distraída.
No entendiste.
No expliqué.
Pero abajo del sol que rebotaba en el andén de La Paternal nos convertimos en dos delincuentes preadolescentes.

Espuma, Javier y algún día.

Yo solo quería batirte el café cuando viejos.


(Lo único que no me animé a decirle a Javier, todavía)

Javier se fue.

Las luces del barrio se iban apagando de a poco. Desde el piso 8 de un monoambiente, ella, con algo de maquillaje corrido en la cara se fundía con su pijama, que lejos estaba de hacerle honor a su nombre. La ventana entreabierta de una noche que adelantaba el verano dejó escuchar "el amor se fue" de un auto que seguramente fuera rojo y pasó en el momento preciso y a la velocidad estipulada por el destino.
La frase de la vieja canción retumbó algunos minutos en su cabeza, como si algo más se hubiera ido en esos segundos en los que las ruedas giraron por el empedrado que sobrevivía metros abajo.
La soledad se desveló. 
Los pensamientos se volvieron decisiones.
Los sentimientos se compenetraron, explotaron, se hicieron más fuertes, como si la oscuridad tuviera un dominio absoluto sobre ellos y los hiciera crecer de manera exponencial, con cada nuevo ronquido de la ciudad.
Un suspiro. Un desvelo. Una lagrima. 
Era inevitable retroceder y volver a escuchar cada una de sus conversaciones, como si fueran una nueva serie de Netflix.
Amar y odiar al protagonista.
Atento e insensible. Inteligente y mentiroso.
Ese auto rojo había terminado, sin saberlo, con la serie del momento.
Cerró el libro que ya no leía. Y dejó 4 capítulos sin leer. 
No le gustaba dejarlos así, pero menos le gustaban las historias sin besos. Los besos sin noches. Y las noches sin Javier.