¿Y tu eres feliz? Preguntó la mariposa a una abeja que se encontraba en su misma flor.
Claro, le contestó esta. Me gusta mi trabajo, voy de flor en flor.
Una flor y un café.-
Cada mañana creía que aquella que estuviera con él era sin duda la mujer más afortunada de todas.
Cada mañana a la misma hora lo veía desde la ventana del colectivo con un vaso de café y un hermoso ramo de flores.
Entonces cada mañana cuando ella se despertaba disfrutaba del hermoso aroma del café y se fascinaba con el color de cada flor que cada mañana era diferente y más espectacular que la del día anterior.
No importaba si llovía, había sol, hacía frío: el estaba ahí con el gigantesco ramo esperando para cruzar la calle y deslumbrar una mañana más a su damisela.
Sería una rutina que no me aburriría nunca, pensaba desde la ventana del colectivo que poco a poco se iba empañando por la incrementación excesiva de pasajeros.
Y una mañana ya no se vio tan singular ni tan caballero como aquel hombre que conquistaba a su mujer todos los días. Una mañana le dieron el uniforme de la florería.
Cada mañana a la misma hora lo veía desde la ventana del colectivo con un vaso de café y un hermoso ramo de flores.
Entonces cada mañana cuando ella se despertaba disfrutaba del hermoso aroma del café y se fascinaba con el color de cada flor que cada mañana era diferente y más espectacular que la del día anterior.
No importaba si llovía, había sol, hacía frío: el estaba ahí con el gigantesco ramo esperando para cruzar la calle y deslumbrar una mañana más a su damisela.
Sería una rutina que no me aburriría nunca, pensaba desde la ventana del colectivo que poco a poco se iba empañando por la incrementación excesiva de pasajeros.
Y una mañana ya no se vio tan singular ni tan caballero como aquel hombre que conquistaba a su mujer todos los días. Una mañana le dieron el uniforme de la florería.
Te comieron la lengua los ratones.-
Existían dos opciones.
La primera que yo haya cambiado mi dirección de email, mi número de celular, mi cuenta de Facebook, mi usurario de Twitter, el teléfono de casa y hasta su dirección.
La segunda que vos hayas perdido mi dirección de email, borrado mi número de celular, ya no seas mi amigo de Facebook, y hayas dejado de seguirme en Twitter, no recuerdes el teléfono de casa y menos su dirección.
La primera no pasó.
La primera que yo haya cambiado mi dirección de email, mi número de celular, mi cuenta de Facebook, mi usurario de Twitter, el teléfono de casa y hasta su dirección.
La segunda que vos hayas perdido mi dirección de email, borrado mi número de celular, ya no seas mi amigo de Facebook, y hayas dejado de seguirme en Twitter, no recuerdes el teléfono de casa y menos su dirección.
La primera no pasó.
La nena y el señor.-
Se conocieron hace algunos años, los necesarios para que en ese entonces la sociedad los llamara chiquitos y fue ahí cuando bajo la sombra del viejo nogal juraron, con la inocencia de un niño, estar siempre el uno para el otro.
Los años pasaron y la vida dejó de hacer la tarea de juntarlos. Vieron pasar otoños, y la sociedad empezó a llamarlos grandes.
Ella no recuerda el día y a él no se lo preguntó pero la vida se empeñó en no dejar promesas archivadas: desde ese día fueron amigos, socios, compañeros, conocidos, amantes y enemigos.
Habían sido y eran. Y la vida estaba cumpliendo una vieja promesa, esas que vienen con gusto a inocencia de niño, esas que hablan de estar para y con el otro por el resto de los otoños.
Los años pasaron y la vida dejó de hacer la tarea de juntarlos. Vieron pasar otoños, y la sociedad empezó a llamarlos grandes.
Ella no recuerda el día y a él no se lo preguntó pero la vida se empeñó en no dejar promesas archivadas: desde ese día fueron amigos, socios, compañeros, conocidos, amantes y enemigos.
Habían sido y eran. Y la vida estaba cumpliendo una vieja promesa, esas que vienen con gusto a inocencia de niño, esas que hablan de estar para y con el otro por el resto de los otoños.
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