el bunquer.-
[bondiola I]
Afuera todo parece estar bien pero una luz empieza a relampaguear. El cacique despierta sobresaltado: algo amenaza a la tribu 146. Observa la lámpara y mirando el cielo sin entender se pregunta para sus adentros si su lucha, si sus años en el asfalto, servirán de algo.
Su cabeza vuelve a colgar con la charla de esas chicas que desayunan yogurt con jugo de naranja y el té de los días de lluvia lo acompañan con dos o tres masas finas.
Un O.C.N.I. (Objeto Contundente No Identificado) aparece en escena por uno de los vidrios. De fondo un círculo perforado y miles de partículas que brillan con las luces de la ciudad.
El cacique entiende que la llegada de los europeos está más cerca que antes. Cierra sus ojos y se despide con la noche, esa de clima ideal.
creer o reventar.-
Lo que paso aquel día es difícil borrarlo de la mente. La cola era larga, como siempre, pero en la plaza del pueblo había lugar para todos. El otoño estaba llegando y el sol anaranjado se colaba entre las ramas de los árboles. El pasto estaba más verde que los demás días y la alegría de la feria se veía reflejada en la sonrisa de cada niño.
Yo estaba apurado, quería encontrarlo. Así que cuando divise la enorme cola empecé a caminar sin perderme en cualquier otro detalle. Tal era mi prisa que sin quererlo choque con dos pequeñas que me miraron, sonrieron y siguieron su camino para el lado contrario al que seguía yo y el resto de los chicos.
Hice unos pasos más y me detuve. La duda de por qué ellas no caminaban en la dirección correcta inundó mi cabeza. Corrí hacia ellas y pidiéndoles disculpas les pregunte por qué no iban a ver el show como todos los demás.
Es mentira. Respondieron al unísono. Tras un silencio incomodo repleto de miradas la de cabello claro explicó: hace un tiempo conocimos a ese hombre y le pedimos que haga un truco con nosotras. Queríamos dejar de ser oso y delfín (dijo señalándose y señalando a su amiga) pero sólo se quedó mirándonos y dijo que no entendía, que se sentía raro.
Sentirse raro es no creer, dijo secamente la de cabellos oscuros y ondulados.
¿Y que querían ser? La pregunta broto de mi boca sin que tuviera tiempo de pensar si realmente quería formularla.
Hormiga. O abeja. Dijo una y después la otra.
Las mire a los ojos sin entender demasiado lo que pasaba. ¿Por qué pasar de ser hermosos animales a pequeños insectos? Pero con su mirada lograban contestar cada pregunta con seguridad. Me parecía injusto. Sentí que debían ser las primeras de la fila. Eran tan chiquitas y no pedían globos de formas o colores chillones. Tampoco pedían pochochos o algodón de azúcar. Sólo querían ser abeja u hormigas.
Me puse entre ellas y las tome de la mano. Seguimos caminando en la dirección opuesta o en la dirección correcta y cuando los ruidos de la feria quedaron atrás mis manos ya no llevaban nada. Esa tarde, una abeja y una hormiga, me acompañaron hasta mi casa.
amor a primera sonrisa.-
Estaba cerca de los nueve meses cuando me enamoré por primera vez. Recuerdo ir en mi coche por la calle principal del barrio. Conducía mi mamá y estábamos detenidos una esquina cuando la vi.
Ella me miró y sonrió tiernamente. Sentí que me sonrojé y como todo caballero devolví el gesto con una mirada de aceptación y una sonrisa que me duró dos cuadras porque mamá arrancó y aunque intenté darme vuelta para mirarla un rato más el coche tomó velocidad y rápidamente la perdí de vista. La lleve en mi mente esas dos cuadras y cuando me di cuenta que era probable haberla perdido para siempre entré en llanto. Mamá intentaba callarme pero fue inútil. Me ofreció de las mejores golosinas que un niño puede elegir en el kiosco, pero no entendía. Lloré día y noche durante treinta días. Me llevaron a médicos que sólo diagnosticaban mi excelente estado de salud. Creo que les faltó llevarme al cardiólogo porque lo que tenía roto era el corazón.
Pasaron los días y fui calmando mi llanto aunque no mi pena. Muchas otras mujeres me sonreían cuando iba en mi coche pero ninguna se comparaba con aquella que se había ganado mis lágrimas.
Así siguió mi vida, haciendo algún berrinche cada vez que pasaba por esa esquina y eran dos los motivos: por un lado quería llamar la atención y por el otro pasar el mayor tiempo posible por si ella volvía a aparecer.
Con los años entendí que tenía que continuar sin ella. Tuve un amorío con una pequeña de delantal cuadrille celeste cuando yo ya llevaba el rojo; fue lindo pero aniñado.
Yo no creo en esos amores de aquellos que se llevan muchos años. Creo que esos jóvenes son unos vagos, busca vidas. Creo que no entienden lo que puede lograr una mirada y estoy seguro de que nunca les sonrieron cuando iban en coche. Pero yo no voy a ser de esos. Voy a hacer amor de los años.
La voy a encontrar.
