(yo ya lo sé)

Lo que ella no sabe (y no quiere saber) es que desde aquel día, por enero del 99, él no va a volver a ser jamás el que fue.

yerba no hay.

Sonaba esta música.

Estábamos él y yo.

Nosotros.

Solos.

Llovía del lado de adentro y a él lo habían besado tantos labios que ya no sabía si quería besarlo.

Y había escuchado tantas historias que la mía posiblemente le pareciera una más.

Lo miré desde el sillón y con esa amarga dulzura que me enloquece insinuó que lo intentemos.

Me paré, caminé descalza hasta la cocina y tras el silbido de la pava fuimos uno.

y así hay un montón de cosas...

Cuentan que él no sabía hablar, o al menos nunca había hablado con nadie.

Cuentan que aparecía en los momentos en que alguien deseaba que aparezca pero nunca se sabía cuando iba a aparecer.

Cuentan que mucha gente se fue enterando de los efectos de esa sonrisa y el pueblo se fue llenando de viajeros que pasaban sólo por una noche y sólo para desear.

Cuentan que una sonrisa de él sabía a 3 aspirinetas robadas del estante más alto de la alacena.

Cuentan que el pasto se volvió más verde y el cielo más azul. El sol iluminaba y calentaba a la par y los pájaros cantaban mejor que en otro lugar del mundo.

Cuentan que él les había sonreído.


Estuve en ese lugar.

Está decorado con la triste ilusión de lo que alguna vez fue.

Ya nadie se anima a sonreír. Ya nadie sabe cómo se sonríe.

El reflejo de haberse preocupado por sentir y no por provocar que la lluvia moje más.

Así voy a vivir.

Un día alguien me dijo que si quería escribir solo tenía que dejar que a mi mano la guiara el corazón y todo eso que siento, básica y racionalmente, porque si yo no lo siento no voy a provocar nada en esos que me lean.

Hoy me pasó una de esas historias que aparecen en http://disuelveyconcentra.wordpress.com/, el blog de ella (una persona que de una forma u otra, me provoca).

Todo empezó por respetar esa letra de Xuxa que dice que “los amigos de mis amigas son mis amigos”.
Entonces, más menos, barajando el significado de la palabra “amistad” como yo lo entiendo y como Facebook lo entiende me encontré contándole a un desconocido o a un amigo (según Facebook) por qué había hecho ciertas cosas en mi vida, si en realidad (según él, la sociedad y su postura) no condice con lo que pienso o debería pensar, y por ende con como actúo o debería actuar.

No se me ocurrieron excusas para derribar su teoría. Racionalmente perdía la batalla en menos de una oración. Y es que en realidad no llegué ni a razonar todo esto y me encontré desnuda frente a un desconocido (o frente a un amigo).
La respuesta la escribieron mis manos, pero la guió mi corazón: “y cuando lo hice sentí que lo tenía que hacer (…) La vida dirá (supongo) por qué, o quizá no… Tal vez fue mi primer paso de vivir por lo que siento (…)” Y le aclaré que de todas formas entendía su postura. Ahora entiendo que entendía su lado racional. Su decisión de vivir por lo que piensa y no por lo que siente.

11:00 (en teoría), hora y media o dos después, reunión laboral en la que se habló de mucho, se discutió en defensa de las posturas propias o del de al lado pero lo único que quedó resonando en mi cabeza fue una frase tirada al azar que hablaba de que tal vez, quizá, podría entrar como opción, que lo que deberíamos hacer es empezar a vivir siguiendo y respondiendo a lo que sentimos y no a lo que pensamos.
Inmediatamente mi yo racional dijo “el mundo podría irse a la mierda”. Supongo que sintió miedo. El miedo que no sintió horas antes cuando le contaba a un desconocido las consecuencias de lo que sintió una vez.

Y cuando el mismo que un día me dijo que sea mi corazón el que guie mi mano a la hora de escribir amagó con responderme, me di cuenta que desde hacía varias horas ya había decidido vivir de otra forma. Y si el mundo (o mi mundo) se tiene que ir a la mierda… que se vaya.

La casa de mis Barbies.-

Tenía 3 pisos. Era de madera y estaba pintada de rosa y blanco. En la planta baja: un comedor y una cocina. En el 1ero: el dormitorio con el ropero más grande que alguna vez hayas imaginado y en el último (por lo general) instalaba el restaurant y la boutique.

Así era la casa de mis muñecas.
Así era la casa donde nacían y morían historias que duraban una tarde.

Hace un tiempo me crucé con una de esas historias. Y me quedé mirando, recordando aquellas tardes de otoño en las que armar el juego duraba una eternidad y jugarlo un suspiro.
Está claro que vos nunca habías jugado a las muñecas. Nunca te diste cuenta que durante meses ibas de la cocina al dormitorio y del dormitorio al comedor. Paseabas por esa casa sin saber que estabas adentro. Respetabas cada paso, cada giro de la historia que alguien estaba armando. Y un día te diste cuenta que eras parte del juego y que los juguetes no eligen la historia. Les toca. Pero ya estabas adentro de la casa de las muñecas.

El único error fue no entender que esas historias deben durar una tarde y que los muñecos nunca van a sentir.

¿Yo?
Miraba.
Hace años que dejé de jugar a las muñecas.

Aprender a caminar

Dijo que no me podía ayudar, que no insista.
Y es que en realidad yo no entraba dentro de sus reglas.

Seguimos caminando. Cada día que pasaba él creía más y más en que íbamos a llegar a un punto del camino donde este iba a dividirse y los dos, por tercos o por destino, íbamos a elegir tomar distintas direcciones. Yo entendía que era una posibilidad, había recorrido otros senderos en los que eso había sucedido. Creo que es la naturaleza propia, la esencia de los caminos. Pero no había división a la vista, primero deberíamos llegar al horizonte y, recién ahí, ver si un poco más allá aparecía ese punto.

Dijo que no me podía ayudar, que no insista.
Y es que en realidad yo no entraba dentro de sus reglas.

Aprendimos a caminar a la par. Cada tanto abandonábamos el centro y uno recorría el borde derecho y el otro el izquierdo. Después volvíamos a encontrarnos y seguíamos.
Tengo el presentimiento de que si un día llegamos al punto donde el camino decida dividirse (y dividirnos) por tercos vamos a elegir distintas direcciones, pero cuando volvamos a pasar la línea del horizonte el destino va encontrar un punto de intersección entre nuestros senderos, y vamos a caminar a la par, de la mano de las risas del recuerdo y las carcajadas del futuro.

No dijo nada, yo dejé de insistir.
Y es que en realidad él había cambiado sus reglas.

Un trébol de 4 hojas

Dedicado a los que toman decisiones en la asociación:

Tal vez no sea el momento de analizar los valores que me dio (y aunque, hoy, del lado de afuera) me sigue dando el deporte.

Compañerismo.
Trabajo.
Esfuerzo.
Respeto.
Empeño.

Valores que gracias al concepto de competición son premiados al final del camino.

Valores que siento, se desintegraron en el aire el domingo pasado cuando sonaba el silbato de un hombre fluo que indicaba el inicio de San Martin - SAG

Es que hoy cuando se extinguió la ilusión solo me quedaba razonar, usar la lógica (esa misma que deberían haber usado esos a los que les dedico este post y claro está, no lo hicieron).

Esfuerzo, compromiso, pasión, empeño se dan en 24 fechas. Los demuestra el tiempo.

70 minutos, son suerte.

Entonces gracias a esos que decidieron que sea la suerte la que marque y decida el camino del ascenso, hoy siento que el deporte desde algún lado me esta defraudando. Esta destruyendo sus propios valores. Esta premiando al que encontró un trébol de 4 hojas y no al que desarrolló hockey.

A esos a los que les dedico este post, hicieron un juego para que el mejor se convierta en rey y lo dejaron en el trono sin mando y sin corona.

Me llevo una mezcla de pena y vergüenza. Unos gramos de bronca y la seguridad de saber, viviré siempre de la mano de los valores que ustedes olvidaron.


(Chicos, felicitaciones por la campaña.)

dos extraños

A veces me equivoco cuando escucho tus ojos. Salteo párrafos, me paso de estación.

Entonces entiendo esas épocas de lentes oscuros en las que reinaba el silencio y advierto que esta bien, es una forma, pero no la que elijo. Es la que nos transforma en el soldado que escapa y la nena del delantal cuadrille. Y no, no la elijo.

Supongo que te aburriste de mirarme. Yo todavía voy por tu nariz.

400 km en 1 segundo

Era una tarde de otoño aunque el cielo y esa luna de las que aparecen en los cuentos insistieran con que era de noche.

Volvía a casa cuando las últimas hojas de la temporada formaron un remolino en la vereda. La brisa encapsulada del barrio en el que me tocó y en el que elijo vivir rozo mis mejillas. Por un segundo sentí que no había más canchas de tennis en la vereda de enfrente. Estaba en otro lado, pero no tenía miedo. Quién podría tenerle miedo a una ciudad que durante 22 años (de los 22 que anuncia tu documento) te hizo feliz. Fines de semana, meses, días, temporadas enteras caminando por la pasarela que ya no está. Cumpliendo con la rutina de dormir donde toque y hacer cola en el baño sea la hora que sea. Apostando de qué color estará el Pato esta vez y respirando el particular olor del puerto cuando sopla viento norte.

Entiendo que existen lugares increíbles en el mundo pero ese remolino me transportó a una de las casas en las que más a gusto me puedo encontrar.

Y disfruté ese segundo como si hubiera sido un verano. Uno de esos veranos en los que mis vacaciones duraban más que el verano en si.

Pasó una pareja con su perro, la espuma del mar desapareció pero la luna seguía ahí. Intacta.

Cayeron algunas lágrimas mientras mis pasos intentaban acabar con las 5 cuadras que me separaban de casa. Tenía ganas de cerrar los ojos y volver a estar allá, buscando un lugar en la soga para colgar mi toallón, leyendo un libro en el sillón verde o desocupando la mesa del comedor para jugar una generala.

Tengo ganas de estar allá.


Últimamente me siento afortunada: una brisa, un lugar.
Entonces entiendo que de esto se trata sentir y siento.

rutas & adoquines

Una invasión de luces rojas aparecen delante de mi. Algunas parpadean a medida que las observo. Están demasiado cerca unas de otras, lo que determina que aún falta mucho para llegar a casa.

Si tengo que elegir me quedo con la ruta o el adoquín. Y si puedo elegir mas, de noche y con esa lluvia que no le da tiempo ni al limpia parabrisas.

Si alguna vez el día se convierte en noche eterna quisiera que me encuentre ahí: sentada en el asiento del acompañante de ese auto que recorre alguno de esos caminos infinitos en los que podría perderme sin miedo y por gusto como me pierdo en esa mirada que escapa de la escala cromática.

Un termo, una canción y unos palitos de queso.

Yo? En short y uno de esos buzos a los que logre que las mangas les lleguen mucho mas allá de lo que planearon sus fabricantes.

mimos

Se miraban en silencio.
De cerca, de lejos, solos o en secreto, pero siempre en silencio.

Y lo distinto, fue encontrar ese alguien a quien no le leía los ojos sino que hablaba con ellos.

Y lo triste, comprender que la distancia haría las veces de lentes de sol y ya no habría de esas charlas en las que resonaban los acordes del mutismo.

Y lo difícil, entenderlo cuando se relacionaban por otros medios.

Y el miedo, encegueser.

El chklc de un semáforo

Repite ese camino todos los días. Para un lado y a la inversa. Sabe cuál es la baldosa de cada vereda que está floja y observa como lentamente avanza la obra de la calle Del Carril.

Saluda al de las golosinas con una sonrisa y ve como el ferretero levanta y baja esa pesada persiana de los años 50 tomando mate (con la pava, no con termo).

Conoce el ritmo de los semáforos y las cortinas desparejas de cada una de las ventanas de esos pintorescos edificios a los que poco les queda de vida y en los que se refleja una vida entera.

Repite ese camino todos los días pero hoy esa esquina no olía a café y encarcelaba un recuerdo que a la cuadra se transformaba, otra vez, en deseo.

[bondiola XII]

Que feo tener la cara triste por defecto.

[bondiola XI]

Nunca vi a nadie que doblara el diario con tanta habilidad, hasta hoy.

2 contiene al 1 (-3)

Y cuando creías que por fin había aprendido a multiplicar
vuelve con un regular en el cuaderno de comunicaciones.

Sal gruesa para mi corazón.-

Aparecen en mi mente dos personajes cotidianos.
90% odiados y 100% necesarios a no ser que alguien tenga el poder de transportar productos con la mente o construir casas con solo mirar un terreno baldío.

Y entonces me pregunto por qué el odio y me contesto que un poco de culpa tienen. Excepto que sea imprescindible hacer una maniobra inadecuada para pegarse al cordón, ir a 2 km por hora en plena avenida o tocar esa bocina única de los camiones al son de “a vos no te cojo, con vos hago el amor” (o frases del estilo) y yo no me haya enterado. Pero no, creo que todavía no se volvió un accionar imprescindible aunque tiene asistencia perfecta.
Entonces un poco de culpa tienen, pero no dejan de ser necesarios.
Y me vuelvo a preguntar por qué tanto odio.
No tengo respuesta y hasta creo que más de una (no me incluyo ni me excluyo) debería estar agradecida.

Por otro lado, considero a ambos rubros (construcción y camioneros) creativos inigualables.
Las cosas que he oído de esos hombres no se las escuché a ningún otro. Quizá el tono no es el que prefieren las mujeres pero no se puede estar en todo. Tampoco vamos a ponernos en exquisitas ¿o si?
90% a 10%
Otra vez.

Y llega el punto en el que te das cuenta que todo esto es como seguir el recorrido de una babosa una tarde de verano en el patio de tu casa: los ojos puestos en esa cosa pegajosa que se desliza falta de estilo y el frasco de sal gruesa en una mano.
Entonces podés tirarle la sal y ver como se deshace lentamente (90%) o mirar el salero y ver como la regordeta sigue su camino dejando marcado su recorrido hasta perderla de vista (10%).

Estimo que soy parte del 10%

2 por 9

Olas que empiezan en la orilla y terminan en esa inverosímil línea del horizonte.

Está sentado en el borde del muelle, ese muelle donde el sol desaparece todos los días. Donde cada madera reconoce la brisa. Donde suele sentarse cuando las canciones, los semáforos y la lluvia cambian de ritmo, de velocidad.

Un lugar donde el tiempo lo marcan sus latidos.
Latidos que buscan perderse en el mismo lugar donde expiran las olas. Y un hombre que anhela llegar a esa línea, la que sólo ven los ojos, para poder entender el compás de su corazón.

Una biografía cotidiana...

Mi nombre es Eugenia Belén, aunque muchos (muchísimos) me conozcan como Hermenegilda.
En mi vida y para que les corresponda al menos una mirada me han llamado: Eugenia, Euge, Eugi, Euchichi, Chichi, Chichona, Chuchex, Borre, Herme, Hermenegilda, Boluda, Che, Amiga, Amigata, Imbecil, HermeS, Chichilo, Gegin, Veciamiga, Arquera…

Ah, sí. Antes a menudo, ahora cada tanto, me paro bajo los 3 postes de un arco de hockey (y si, con todo eso que según la gente no te podes ni mover).

Conozco y manejo el arte de la globología. Pelo las uvas. Tengo 49 o 50 rastas en la cabeza. Me gusta el dulce de leche pero el repostero en exceso se me sube a la cabeza. (Si hay torta de conitos me como la base y regalo el conito). Mi Sugus preferido es el verde oscuro y me gustan los caramelos ½ hora.

Un sueño kiosquero: que desaparezcan todas las golosinas amarillas y naranjas.
Conozco la menta granizada de todas las heladerías de las que alguna vez comí helado. En Burger King y Mc Donald’s suelo pedir el combo de pollo. Este año descubrí mi adicción a las papas fritas en cualquiera de sus formatos.
Amante de la ruta de noche y si es con lluvia mejor. Creyente del mar y la montaña.

Cuando no tengo ganas de hablar, no hablo. (Abstenerse a la mañana y más si la relación que nos une es de hermandad).
Tengo la bandeja de entrada sin mails y más pares de aros que íconos en el escritorio.
Duermo en diagonal y a veces me tomo el subte al revés.

Creo que con las personas que compartís una carpa podes compartir cualquier cosa.

Según mis amigas soy la mujer sin axilas y suelo olvidarme los tobillos.
Me gustan mis pecas. Me gustan mis uñas. Me gusta mi nariz y me gusta la foto de mi documento.
Me enamoro tarde. Si me ven con una guitarra estoy por tocar el elefante trompita.

Mi cuarto es blanco.

No me sé los nombres de las películas, ni de los actores, ni de las canciones, ni de los cantantes, ni de los músicos.
Soy una ponedora de apodos oficial. Me molesta el “gordo”, “gordi”, “bichi” y los diminutivos en general.
Disfruto hacer ruido con la sopa y comer la ensalada de la fuente. Prefiero los cuadernos cuadriculados antes que los rayados. Puedo dormir con medias. Me saco el maquillaje a la mañana siguiente.

Hay objetos, lugares, momentos y personas de las que llego a enamorarme.
No soy golosinera pero sé que las golosinas sirven para explicar muchas cosas, por ejemplo, una sensación. Si hay que elegir, sin dudas la del Fizz.
No muerdo los caramelos duros. Prefiero la Coca común.

Gracias a mi ropa interior entendí el concepto de “diversidad”. Me molestan los enchufes de dos patas (redonditas).
Amante del agua. El mejor estilo que nadaba (ahora no sé) era mariposa.
Me encanta cumplir años, me encanta festejar mi natalicio y detesto con todo mi ser hablar por teléfono.

Arco-iris en la tierra.-

Arroyos de colores, cada uno corre, sigue su curso como se lo ha marcado durante años la propia naturaleza. Un día se encuentran y corren juntos. Sin mezclarse. Cada gota mantiene su color. Hay gotas amarillas, turquesas, fucsias, verdes, rojas, naranjas y violetas. Y, probablemente, la naturaleza vuelva a separarlas. Y se vuelvan a formar arroyos de colores.

Y en algún lugar, entre el fresco y esponjoso pasto verde corre el vibrante arroyo fucsia.
Y entre las áridas y resquebrajadas tierras marrones pasean al ritmo del viento las aguas amarillas, salpicando algún que otro borde, haciendo crecer una flor.

Y nadie se anima a seguir un color. Nadie se anima a ver qué pasa cuando corre junto a otro. Aunque algunos aseguran que allí donde todos los colores descansan en la tranquilidad de una olla, rodeadas de altas e imponentes montañas vive alguien, que dicen, no cabalga en un caballo como los que conocemos los que vemos el agua azul.

Peter Pan cree en las hadas. (Yo también).

Cuando era chica creía en la magia. En esa serie de cosas fantásticas que ocurren por el solo hecho de creer en ellas.
Creer en que un viejo barrigón que vive encerrado todo el año podía dejar regalos en todo el mundo al mismo tiempo… un tanto imposible para los ojos de la lógica, pero yo veía regalos en mi casa, en la del vecino y en lo de mis primos. Y si, el gordo y sus renos lo habían logrado otra vez.
Creer en una carta que aparece, en el canto de una sirena, en la sarcástica maldad de un duende.
Creer que existen.

Un par de años después entiendo algunas cosas, y en realidad, el mundo de los grandes no quiere que creamos. Tienen miedo de que aprendamos a ver más allá de lo que se ve. Quieren mantenernos ajenos a un mundo que, al fin de cuentas, resulta menos mentiroso que el que ellos eligen vivir y donde quieren que vivamos todos (excepto los niños: algo de compasión les queda).

Entonces llega el momento donde tenés que elegir: vivir como los grandes, en un mundo donde una luz roja significa detenerse, fabrica una o múltiples puteadas y nos deja infinidad de caras de orto por esquina.
O desafiarlos y seguir creyendo, y ver como el rojo se transforma en amarillo, y el amarillo en verde, sin que nadie los pinte, reflejando aquella magia que hace que el gordo y sus renos lo logren cada año.

Hoy (algunos dicen que) soy grande. Pero elegí desafiar a aquellos que insistían con archivar mi imaginación. Elegí creer en las hadas y en esa serie de cosas maravillosas que existen solo por el hecho de creer en ellas.

espanti


Sin ganas de entender.-

Piensa. Mira a su alrededor. Piensa.

Ya no sabe si tiene ganas de entender, pero piensa.

Piensa en todo eso que un día le dijo.

Mira a su alrededor.

Piensa en esas cosas que escuchó de aquellos ojos.

No tiene ganas de entender, pero piensa.

Piensa en eso que sintió su piel.

Mira a su alrededor.

Piensa en los recuerdos del futuro.

Cree que entendió y ya no piensa.

Una cabeza, una cara de culo y rastas.-

La gente dice que tengo cara de orto. A mí no me molesta. ¿A vos te molesta? Nadie te obliga a mirarme.
Básicamente eso es lo que pienso cada vez que alguien tiene ganas de hablar de mi cara.

Me molesta la gente falsa.
Y la cara dice, y los ojos hablan, y una sonrisa cuenta o da cuenta de…

Pero una sonrisa falsa o por compromiso y un par de ojos sin historia pierden la gracia.
¿Para qué habría que mirarlos?

Y me aburre que las cosas pierdan la gracia.
Si cada cosa pudiera vivirse con ese no se qué con el que un nene abre un regalo, definitivamente no alcanzaría el tiempo para leer, escuchar, sentir las miradas.

Todavía no estoy segura de que las sonrisas se gasten. Pero hasta que alguien me demuestre lo contrario las guardo para momentos que lo ameriten o para cuando alguien la necesite. Si, también creo que son capaces de modificar otras caras, de que alguien deje de sentir y empiece a sentirlas.

Pero que salgan no es lo mismo que hacerlas. Por eso a veces prefiero la cara de orto.

Un boxer de corazones.-


Estaban en un nivel del mundo más bajo de lo normal, más cerca del infierno que la mayoría de los mortales, si se quiere.
El extendió sus brazos para alcanzar lo que todavía le pertenecía y con ellos se elevaron buzo y remera. Acción cotidiana que dejó al descubierto un boxer de corazones, pero no “el típico boxer de corazones”.
Entonces con el sincronizado silencio que solo se oye debajo de la tierra, ella entendió un poco más la vida de allá arriba.

Las palomas van a conquistar el mundo (capítulo I)

Desde hace algunos años creo que las palomas (aves pertenecientes a la familia de los Colúmbidos) intentan conquistar el mundo.


Y no soy la única que lo piensa. Y no hace falta demasiado para darse cuenta: basta con haber observado el comportamiento de estos repugnantes animales durante algunos años. Y tampoco hablo de haberse quedado mañanas y tardes enteras mirando su actividad por la ventana, nos fueron dando señales y está claro que la humanidad no quiere verlas, prefiere seguir creyendo que la tercer guerra mundial será por el agua. Humanos vs humanos. Pero lamento comunicarles que tarde o tempano  alguien arrullará contra nosotros y no le crean al político de turno cuando hable de “ataque sorpresivo”: ellas nos lo vienen avisando desde hace mucho tiempo.

Inundación ‘95

Creo que ese sábado llovía más que si junto todas las lluvias de los campamentos de invierno e incluso si sumo los milímetros de agua que cayeron la primer quincena de Enero de 2001 en Bariloche.
No era la primera vez que pisaba ese lugar ya que tías, primos y primas pasaban ahí todos los fines de semana desde hacía algunos años, pero estaba vez había llegado para quedarme.
Primer sábado de actividades del año: caos (y no nos olvidemos del diluvio: súper caos).
Recuerdo bajar unas escaleras que tiempo después entendí no serían las que bajaría a diario. Ese sábado las oraciones se hicieron en el grupo scout, había una multitud ahí abajo que gritaba, aplaudía y un montón de cosas que no entendía pero quería.
Llegó el momento en el que cada uno se iba con su grupo, mi mamá, mi hermana y yo nos acercamos a las de pañuelo amarillo y acá viene el inicio más frustrado que cualquier historia o por lo menos que mi historia puede tener: una dirigente (alguna dirigente de la ronda del año ’95 que se haga cargo) nos saludó y al verme me preguntó ¿Cuántos años tenes?
Y así, mi hermana se quedó y yo volví con mis escasos 6 años a casa y empecé a descubrir lo aburrido que serían los sábados así...
(Ahora llega el momento de la historia en el que le agradezco a una chica que en esa época tenía 6 años, igual que yo, y duró 2 fines de semana en el grupo):
A los pocos sábados mi hermana llega de la parroquia diciéndole a mis papás que hay una nena que tiene 6 así que… tardé una semana en volver a intentarlo y adentro.
Por un año fui la más chiquita de la comunidad (y la más mimada, lo acepto) pero estaba tan feliz que no había “buldog” que no ganara, no había inundación que no llegará a subirme al aljibe que había en el medio del patio de la parroquia, no había sábado que no estuviera ahí…
Y después de tantos sábados, fogones, campamentos, no creo en esos que dicen que ser guía no se puede explicar…
…es patinar en el barro para atajar naranjas frente al carpón de cocina
…es dormir apiladas en un refugio en el medio de la montaña porque el viento impide armar las carpas
…es levantarte a ajustar las estacas de la carpa porque empezó a llover
…es quedarte toda la noche despierta cuidando el honor de tu patrulla, de tus amigas
…es seguir preparando actividades el 31 después de brindar
…es estar a la hora que sea para hacer lo que sea
…es querer estar abajo, en el grupo, tomando unos mates aunque haya olor a humedad
…es necesitar ser
Y por eso, y por millones de cosas más, digo que no creo en los que dicen que no se puede explicar…
Lo que sí creo es que, al que nunca se le haya puesto la piel de gallina o caído una lágrima escuchándonos cantar, por más explicación que haya, nunca NUNCA lo va a entender.

Todavía queda algo.-

El joven deja que pase ella, ella y ella; después algo ajustado sube él.
Dos paradas más adelante otro masculino cinco años menor repite la acción.

Una lagrima sin sentido.-

Cerró los ojos y empezó a creer en todas esas cosas que alguien le había dicho alguna vez.
Recordaba cada brillo en la mirada de unos y otros.
Abrió los ojos y con una lágrima recorriendo su mejilla se dio cuenta que su mente había sido usurpada por  la única frase que contradecía al resto. ¿Y si era esa la única que recorría el camino de la verdad?
Cerró los ojos. Tantas voces no podían estar equivocadas: esa lágrima no tenía sentido.

#hacemostodojuntas (Volar)

Lo mágico de volar es sentir la libertad como nunca antes lo hiciste y una vez que pase eso ellos se resistirán y buscarán la felicidad en el lugar incorrecto.
Aunque después de todo no tenían la culpa. Y era correcto que así pensarán, era predecible que así actuaran, no se habían dado cuenta que estaban en una obra de teatro.
Los tres se sentaron de espalda al escenario creyendo que de esa forma algo cambiaría: Nadie les había dicho que la magia sólo pasaba en los cuentos de hadas. Y en ningún lugar más. Debían aceptar que habían crecido. Ya no iban a poder viajar juntos cuando quisieran, ahora tenían otras responsabilidades  y esas cosas no se pueden dejar de lado, como los caballos: sus pelos se volvieron crespos y alguien los domaba.
Ahora más que nunca debían empacar todo y marcharse antes de que desaparezca la luna. ¿Existirá la luna? Creo que llegué a un punto donde ya no creo nada, le dijo al oído aquella mañana. Tomó un café con tostadas y se marchó, y su último centavo se lo dejó al mozo que nunca lo atendió.

[UNO A UNO, por @Clolet y @Herme00, una tarde de otoño]

La mafia.-

Se encontraron en el primer descanso de la escalera como por casualidad. El señor de piloto y boina negra había subido por la escalera de la izquierda y el del conjunto marrón nuez por la escalera derecha. Se saludaron cordialmente a los pies de una nueva escalera y con un paso hacia adelante se encontraron subiendo a la par. El viento hacía vibrar esos bigotes que dentro de unos meses en situación similar estarían inundados de fina escarcha. Cuando llegaron al final de la escalera, marrón nuez, con un sutil movimiento le entregó su maletín al señor de piloto y boina negra. Volvieron a saludarse cordialmente y se perdieron a izquierda y derecha respectivamente.

En la calle Corrientes II.-

Caminó como todos los días hasta llegar a la avenida principal.
El cielo pasaba de gris claro a gris oscuro a cada paso que daba.
El viento levantaba algunas hojas que bailaban al costado del cordón.
El chocolatero ya no sonreía y sus ojos reclamaban a gritos compasión.
Mariel corrió. Bajó por el túnel y escuchó la alarma que le informaba que ya era tarde.
Subió. Buscó al chocolatero pero ya no estaba.
El viento ya no movía las hojas. Mariel se sentó a esperar y esperó.

#unanoche

Una noche salió del armario con su oso de peluche y se acostó junto al cuerpo, todavía tibio, de su madre.

Saltá que hay charquito.-

En ese momento se sintió como una nena chiquita que en el medio de la noche se despierta y va hasta el cuarto de sus padres arrastrando su pijama de ositos y al llegar no solo se encuentra con la luz prendida sino que sus padres han perdido el pijama.

Besos perdidos.-

Estaba por terminar aquel insólito verano cuando él se dio cuenta que había extrañado sus besos pero cuando la fue a buscar esos besos ya tenían dueño: un extraño.

Corazón sombrío.-

Y era ella la que ubicaba cada objeto en determinada forma y en el estipulado lugar.
Y al moverse el sol, las sombras se transformaban.
Y era ella la que jugaba hasta que el último rayo de sol calentara esa oscura soledad.

Boomerang.-

El violador bajó del colectivo creyendo haber encontrado a su próxima víctima.
Pero no bajó solo. Lo siguió un ex presidario que al tocar la vereda encendió su cigarrillo y asumió en silencio su nuevo rol en la equilibrada sociedad.